lunes, 27 de agosto de 2007

TERRIBLE PÉRDIDA

Para un barman cada cliente es un reto personal. Una palabra cómplice, un gesto amigo, recordar sus preferencias, son los detalles por los que transita la profesionalidad de los que estamos al otro lado de la barra como paraguas de la pena.
Se llamaba Francisco y era agente de ventas, pero los clientes habituales que le conocían de más o menos vista le llamaban “Paquito Minibar”. El apodo respondía a su costumbre de acercarse a la barra y pedir un lacónico refresco con mucho hielo. Cuando pensaba que yo no le veía sacaba una gastada petaquita forrada de cuero y se escanciaba un generoso chorreón de ginebra sobre la gaseosilla, convirtiendo el bebedizo en un rudimentario cóctel. Dios ampare su ruindad o su pobreza. Pero aquel día estaba distinto. Triste y cabizbajo como un pirata sin chica guapa y sin botín.
- Ha sido una perdida irreparable –me dijo.
Yo no le contesté. Miro a los ojos pero nunca contesto. Los clientes ponen el resto.
- Lo pasé mal cuando murió mi padre –continuó-. Y cuando mi mujer se fue con aquel compañero de trabajo. Creía que lo sabía todo sobre el dolor, pero no era cierto.
Señaló al refresco con ese gesto inequívoco de que le pongas otro. Se le veía desamparado así que se lo serví, me giré e hice como que le quitaba el polvo a las botellas más antiguas para darle tiempo a que hiciera uso de su escondida petaca.
Era un cliente miserable pero después de que contara lo que le había ocurrido, estaba dispuesto a perdonárselo todo. Quienes hemos pasado por ese amargo trago sabemos que, aunque resulta inevitable, siempre nos coge por sorpresa. Cuando volví a mirarle, aprovechó para repetir su lamento.
- ¿Por qué? ¿Por qué lo haría? ¿Por qué pulse sin querer aquella tecla que borró el disco duro de mi ordenador? Y aunque Paquito Minibar no era uno de mis clientes favoritos, no pude evitar pensar para mis adentros un solidario: “maldita informática”.

jueves, 16 de agosto de 2007

SIN ESCRÚPULOS

Era menudo y delicado como un pajarito. Más que hablar piaba como si estuviera en el nido pidiéndole a mamá pájaro un gusano que llevarse al pico. Con esa voz pedía su consumición. Pero en este caso yo era la pájara, y un “Manhattan” de vermú, whisky canadiense y angostura, el embriagador gusano.
Le serví su copa, la cogió con sus dedos finos y blancos, limpió el borde con una servilleta de papel. Al ver mi gesto de contrariedad, explicó:
- Le pido disculpas. No dudo de las perfectas condiciones higiénicas de su establecimiento, pero son viejas manías.
Probó su cóctel, hizo un gesto de asentimiento y continuó.
- Yo antes era muy escrupuloso. Tenía la sensación de vivir en mundo lleno de gérmenes. Y todos ellos dispuestos a entrar en mi cuerpo a través de mis manos. Todo lo que tocaba parecía estar contaminado, aunque su aspecto fuera reluciente. Imaginaba la lepra acechando en la manilla del taxi, el herpes más terrible agazapado en el botón del ascensor, sífilis en copa, tuberculosis en el bolígrafo común del banco o del notario. Tras cada gesto que hacía corría a lavarme las manos compulsivamente, y cuando terminaba de secármelas meticulosamente pensaba en quién habría usado aquella toalla antes o en qué operario con las manos llenas de orines habría colocado el recambio de las de papel.
Hizo una pausa para volver a probar su bebida y continuó:
-Y volvía a lavármelas una y otra vez intentando borrar lo imborrable. Complejo de Pilatos, creo que le llaman. Pero afortunadamente todo terminó. Tanta y permanente humedad me provocó la aparición de un extraño hongo.
Apuró su copa, dejó delicadamente el importe de su consumición sobre la barra y mientras se marchaba concluyó con una sonrisa extraña:
-Así acabó mi manía. Estos hongos son terribles, pero ahora el que contamino soy yo.
Cuando salió cogí su copa con un trapo y la tiré a la basura. Y tiré el trapo. Y el dinero. Hay ideas francamente contagiosas.

jueves, 9 de agosto de 2007

CUESTIÓN DE NÚMEROS

Gesto lastimoso, incipiente calvicie y un sudor incontenible. Ojos idos y una pertinaz propensión al Armagnac. Venía al bar y, después de que le sirviera su consumición, aspiraba el aroma a barrica de madera vieja y hundía su mirada en la copa de balón como una hechicera que buscara respuestas en el fondo de su bola de cristal. Cuando las copas se le acumulaban se enzarzaba en una solitaria letanía. Siempre extraña. Siempre numérica.
- El 48,3% de los católicos quieren que el Papa se deje barba porque se le está poniendo cara de vieja. El 22% de los votantes del PP afirman ver a la virgen en las volutas de humo de los puros que se fuma Rajoy. El 56% de los que afirman estar contra la guerra prefieren, como opción de ocio para el fin de semana, ver una película norteamericana de tiros y catástrofes.
Pedía otra copa más y continuaba con una seguridad cada vez más extravagante.
- El 82,5% de las monjas de clausura afirman no tener problemas de aparcamiento.
Y así prolongaba el soliloquio, entre sorbo y sorbo, como si el alcohol activara una maniática máquina registradora de tantos por ciento que llevara oculta en el hígado.
Aquel día le vi peor que de costumbre. Señaló el recipiente vacío y mirándome con unos ojos acuosos que parecían intentar adivinar que pasaba al otro lado de las paredes, me dijo:
- El 84,6% de los españoles quieren que me tome otra copa.
No le contesté. No suelo hacerlo. Pero con las dos manos inmóviles sobre la barra le señalé amable pero firmemente la puerta con un gesto apenas perceptible, dándole a mi pesar un consejo que él nunca hubiera querido. Entendió la indirecta. Pagó y se fue hacia la salida caminando con paso trémulo. Y al verlo salir sentí una cierta pena. En un hombre como él, después de tantos años trabajando como encuestador del CIS, todo era desgraciadamente comprensible.

sábado, 4 de agosto de 2007

AMISTADES PELIGROSAS

Uno entró en el bar con gesto despistado. El otro estaba en la barra. Se miraron. Se reconocieron y se abrazaron. Llevaban mucho tiempo sin verse. Eran de esos amigos que creen que siguen siéndolo aún en la distancia. Incluso bebían lo mismo: gin-tónic con un leve toque de limón exprimido. Uno era alto y le gustaba hablar de forma rebuscada. El otro era bajito, parco en palabras pero muy conciso.
- Qué casualidad –dijo cordialmente el bajito.
- La casualidad es un desenlace, pero no una explicación -le respondió su amigo.
- Sí. Gran frase de don Jacinto Benavente.
Bebían y charlaban dando cortos sorbitos a sus cócteles. Se sonreían y buscaban revivir ese tiempo pasado que todos los barman del mundo sabemos que es imposible recuperar, porque lo hemos visto mil veces evaporarse como el alcohol.
- ¿Y cómo te va la vida? –dijo el pequeño.
- Contemplé tanto la belleza que mi vista le pertenece.
- Eso es de Kavafis, ¿verdad?
El alto se bebió medio gin-tónic de un trago y mirando a su amigo un tanto torcida le espetó:
- Más quiero ser malo con esperanza de ser bueno, que bueno con el propósito de ser malo.
- Ay, pillín –dijo el bajito con una sonrisa como de hiena asmática- Eso es de don Miguel de Cervantes Saavedra.
La amistad se desvanecía como el humo de sus cigarrillos. Una niebla rencorosa se extendía entre ambos. Y al final el amigo alto, al que tanto le gustaba hablar con citas, no pudo más.
- Averigua de quién es esto: eres un enano pelmazo, me has caído siempre gordo y no te soporto.
- Eso es de un libro de... -apuntó el bajito con gesto sonriente. Pero no pudo acabar la frase y nos quedamos sin saberlo, porque su alto amigo ya salía bufando por la puerta, dejándole con la palabra en la boca. Y creo que con el rodillazo en los testículos que le acababan de propinar tampoco iba a tener ganas de sacarnos de la duda. Cosas del calor.