viernes, 7 de septiembre de 2007

AMOR DE VERANO

Había estado un buen rato hablando por el móvil en un rincón. Cuando terminó se acercó a la barra con el gesto un tanto descompuesto y me pidió un whisky de malta sin hielo. Tardó menos en bebérselo que yo en servírselo. Sin palabras por la sacudida del lingotazo, señaló la copa prematuramente vacía pidiendo otro. Cuando recuperó el aliento me dijo:
- Disculpe la ansiedad, pero es que acabo de tener una extraña conversación telefónica que me ha dejado muy desconcertado.
Suspiró, dio un sorbo pequeño a la nueva copa y me contó.
- Resulta que durante estas vacaciones en Zahara mi hijo se echó una novia. Una niña nórdica muy simpática. A la vuelta mi hijo se intercambiaba mensajes con ella a través de mi móvil, pero pronto se aburrió y dejó de contestarle. Ella seguía mandando mensajes y a mi me dio pena. No sé por qué lo hice, pero empecé a responderle yo. Ella me contaba cosas del internado en el que estaba y yo le contaba cosas de mi supuesto instituto. Entre mensaje y mensaje ella me recordaba lo dulces que eran mis labios, los de mi hijo claro, y yo le comentaba cómo echaba de menos aquella lengüecita suya tan juguetona. Y así ha ido pasando el tiempo. Hoy, al llegar aquí a la salida del trabajo, me disponía a mandarle un mensaje pero, por error, en vez de hacerlo he realizado una llamada normal.
Volvió a beber como si intentara asimilar lo sucedido y continuó.
- Me ha contestado un caballero. Era el padre de la chica. Y hablando y hablando hemos reconstruido la historia. Su hija se olvidó de mi hijo nada más volver a su país, pero él sintió lástima de aquel muchacho español tan amable y había estado contestando sus mensajes a escondidas. Y de repente he comprendido que llevaba varias semanas coqueteando con un señor de Oslo.
Hizo una pausa y prosiguió:
- Y lo peor es que me estaba gustando.
Y con tristeza me pidió un tercer whisky que sólo se pide así cuando uno intenta olvidar una historia de amor perdida.

domingo, 2 de septiembre de 2007

EL SABELOTODO

En todos los bares del mundo hay un “listillo”. Los que estamos detrás de la barra los reconocemos al instante. Hablan alto y se gustan, se gustan mucho. Pero lo de aquel tipo era un poco excesivo.
- Estaba claro que el gran enfrentamiento del siglo XXI iba a ser entre la cristiandad y el Islam –dijo con su engolada voz de barítono-. Llevo siglos diciéndolo.
La clientela le miraba con disimulo pero con extrema atención y ni siquiera reparaban en las bonitas caderas de un proyecto de actorcilla muy mona que deambula por el bar y que siempre se me va sin pagar, aunque yo me hago el tonto.
Y ya metido en faena y con la atención del público captada, siguió hablando de todo lo divino y de todo lo humano. Que si él había anunciado la invasión de Irak, la victoria de Zapatero, la fecha exacta de los siete últimos desastres naturales, la crisis de la vivienda y hasta aseguraba saber el día exacto en el que el Papa dejaría vacante su puesto en el Vaticano.
-Si es que no me hacen caso y, claro, así les va como les va – dijo atusándose coqueto y ampuloso el cabello blanco.
Me estaba resultando un poco cargante pero era un tipo importante y famoso y le daba prestigio al local, así que no tuve más remedio que aguantar sacándole brillo a un vaso y con la mirada perdida en el infinito como hacemos en el gremio cuando hay que soportar lo inevitable. Por fin, tras un largo rato, le oí decir las palabras mágicas, tan esperadas, a su acompañante:
-Jesús, paga las cervezas que nos vamos.
Su melenudo y barbado compañero abonó el importe de las consumiciones y se dirigieron con mucha pompa y sabiéndose observados hacia la puerta.
No sé los clientes, pero yo he de confesar que cuando Dios salió del local me quedé mucho más tranquilo, y ni siquiera me importó que esa paloma blanca que siempre acompaña al Padre y al Hijo me hubiera dejado una húmeda y brillante pestilencia en una de las elegantes banquetas. No dejaron propina.

lunes, 27 de agosto de 2007

TERRIBLE PÉRDIDA

Para un barman cada cliente es un reto personal. Una palabra cómplice, un gesto amigo, recordar sus preferencias, son los detalles por los que transita la profesionalidad de los que estamos al otro lado de la barra como paraguas de la pena.
Se llamaba Francisco y era agente de ventas, pero los clientes habituales que le conocían de más o menos vista le llamaban “Paquito Minibar”. El apodo respondía a su costumbre de acercarse a la barra y pedir un lacónico refresco con mucho hielo. Cuando pensaba que yo no le veía sacaba una gastada petaquita forrada de cuero y se escanciaba un generoso chorreón de ginebra sobre la gaseosilla, convirtiendo el bebedizo en un rudimentario cóctel. Dios ampare su ruindad o su pobreza. Pero aquel día estaba distinto. Triste y cabizbajo como un pirata sin chica guapa y sin botín.
- Ha sido una perdida irreparable –me dijo.
Yo no le contesté. Miro a los ojos pero nunca contesto. Los clientes ponen el resto.
- Lo pasé mal cuando murió mi padre –continuó-. Y cuando mi mujer se fue con aquel compañero de trabajo. Creía que lo sabía todo sobre el dolor, pero no era cierto.
Señaló al refresco con ese gesto inequívoco de que le pongas otro. Se le veía desamparado así que se lo serví, me giré e hice como que le quitaba el polvo a las botellas más antiguas para darle tiempo a que hiciera uso de su escondida petaca.
Era un cliente miserable pero después de que contara lo que le había ocurrido, estaba dispuesto a perdonárselo todo. Quienes hemos pasado por ese amargo trago sabemos que, aunque resulta inevitable, siempre nos coge por sorpresa. Cuando volví a mirarle, aprovechó para repetir su lamento.
- ¿Por qué? ¿Por qué lo haría? ¿Por qué pulse sin querer aquella tecla que borró el disco duro de mi ordenador? Y aunque Paquito Minibar no era uno de mis clientes favoritos, no pude evitar pensar para mis adentros un solidario: “maldita informática”.

jueves, 16 de agosto de 2007

SIN ESCRÚPULOS

Era menudo y delicado como un pajarito. Más que hablar piaba como si estuviera en el nido pidiéndole a mamá pájaro un gusano que llevarse al pico. Con esa voz pedía su consumición. Pero en este caso yo era la pájara, y un “Manhattan” de vermú, whisky canadiense y angostura, el embriagador gusano.
Le serví su copa, la cogió con sus dedos finos y blancos, limpió el borde con una servilleta de papel. Al ver mi gesto de contrariedad, explicó:
- Le pido disculpas. No dudo de las perfectas condiciones higiénicas de su establecimiento, pero son viejas manías.
Probó su cóctel, hizo un gesto de asentimiento y continuó.
- Yo antes era muy escrupuloso. Tenía la sensación de vivir en mundo lleno de gérmenes. Y todos ellos dispuestos a entrar en mi cuerpo a través de mis manos. Todo lo que tocaba parecía estar contaminado, aunque su aspecto fuera reluciente. Imaginaba la lepra acechando en la manilla del taxi, el herpes más terrible agazapado en el botón del ascensor, sífilis en copa, tuberculosis en el bolígrafo común del banco o del notario. Tras cada gesto que hacía corría a lavarme las manos compulsivamente, y cuando terminaba de secármelas meticulosamente pensaba en quién habría usado aquella toalla antes o en qué operario con las manos llenas de orines habría colocado el recambio de las de papel.
Hizo una pausa para volver a probar su bebida y continuó:
-Y volvía a lavármelas una y otra vez intentando borrar lo imborrable. Complejo de Pilatos, creo que le llaman. Pero afortunadamente todo terminó. Tanta y permanente humedad me provocó la aparición de un extraño hongo.
Apuró su copa, dejó delicadamente el importe de su consumición sobre la barra y mientras se marchaba concluyó con una sonrisa extraña:
-Así acabó mi manía. Estos hongos son terribles, pero ahora el que contamino soy yo.
Cuando salió cogí su copa con un trapo y la tiré a la basura. Y tiré el trapo. Y el dinero. Hay ideas francamente contagiosas.

jueves, 9 de agosto de 2007

CUESTIÓN DE NÚMEROS

Gesto lastimoso, incipiente calvicie y un sudor incontenible. Ojos idos y una pertinaz propensión al Armagnac. Venía al bar y, después de que le sirviera su consumición, aspiraba el aroma a barrica de madera vieja y hundía su mirada en la copa de balón como una hechicera que buscara respuestas en el fondo de su bola de cristal. Cuando las copas se le acumulaban se enzarzaba en una solitaria letanía. Siempre extraña. Siempre numérica.
- El 48,3% de los católicos quieren que el Papa se deje barba porque se le está poniendo cara de vieja. El 22% de los votantes del PP afirman ver a la virgen en las volutas de humo de los puros que se fuma Rajoy. El 56% de los que afirman estar contra la guerra prefieren, como opción de ocio para el fin de semana, ver una película norteamericana de tiros y catástrofes.
Pedía otra copa más y continuaba con una seguridad cada vez más extravagante.
- El 82,5% de las monjas de clausura afirman no tener problemas de aparcamiento.
Y así prolongaba el soliloquio, entre sorbo y sorbo, como si el alcohol activara una maniática máquina registradora de tantos por ciento que llevara oculta en el hígado.
Aquel día le vi peor que de costumbre. Señaló el recipiente vacío y mirándome con unos ojos acuosos que parecían intentar adivinar que pasaba al otro lado de las paredes, me dijo:
- El 84,6% de los españoles quieren que me tome otra copa.
No le contesté. No suelo hacerlo. Pero con las dos manos inmóviles sobre la barra le señalé amable pero firmemente la puerta con un gesto apenas perceptible, dándole a mi pesar un consejo que él nunca hubiera querido. Entendió la indirecta. Pagó y se fue hacia la salida caminando con paso trémulo. Y al verlo salir sentí una cierta pena. En un hombre como él, después de tantos años trabajando como encuestador del CIS, todo era desgraciadamente comprensible.

sábado, 4 de agosto de 2007

AMISTADES PELIGROSAS

Uno entró en el bar con gesto despistado. El otro estaba en la barra. Se miraron. Se reconocieron y se abrazaron. Llevaban mucho tiempo sin verse. Eran de esos amigos que creen que siguen siéndolo aún en la distancia. Incluso bebían lo mismo: gin-tónic con un leve toque de limón exprimido. Uno era alto y le gustaba hablar de forma rebuscada. El otro era bajito, parco en palabras pero muy conciso.
- Qué casualidad –dijo cordialmente el bajito.
- La casualidad es un desenlace, pero no una explicación -le respondió su amigo.
- Sí. Gran frase de don Jacinto Benavente.
Bebían y charlaban dando cortos sorbitos a sus cócteles. Se sonreían y buscaban revivir ese tiempo pasado que todos los barman del mundo sabemos que es imposible recuperar, porque lo hemos visto mil veces evaporarse como el alcohol.
- ¿Y cómo te va la vida? –dijo el pequeño.
- Contemplé tanto la belleza que mi vista le pertenece.
- Eso es de Kavafis, ¿verdad?
El alto se bebió medio gin-tónic de un trago y mirando a su amigo un tanto torcida le espetó:
- Más quiero ser malo con esperanza de ser bueno, que bueno con el propósito de ser malo.
- Ay, pillín –dijo el bajito con una sonrisa como de hiena asmática- Eso es de don Miguel de Cervantes Saavedra.
La amistad se desvanecía como el humo de sus cigarrillos. Una niebla rencorosa se extendía entre ambos. Y al final el amigo alto, al que tanto le gustaba hablar con citas, no pudo más.
- Averigua de quién es esto: eres un enano pelmazo, me has caído siempre gordo y no te soporto.
- Eso es de un libro de... -apuntó el bajito con gesto sonriente. Pero no pudo acabar la frase y nos quedamos sin saberlo, porque su alto amigo ya salía bufando por la puerta, dejándole con la palabra en la boca. Y creo que con el rodillazo en los testículos que le acababan de propinar tampoco iba a tener ganas de sacarnos de la duda. Cosas del calor.

lunes, 30 de julio de 2007

MALOS HUMOS

Era un viejito cordial que aún seguía bebiendo brandy español y fumando con gesto elegante y presumido, como si estuviera en Chicote y esperara que el fantasma de Ava Gadner apareciera por la puerta y se lo llevara a vivir esa noche de alcohol y lujuria que nunca llegó a ocurrir. Y quién no.
- Están prohibiendo fumar en todos lados -insistió mientras encendía otro cigarrillo rubio de los que llevaban amarilleándole los dedos desde hacía décadas-. En las oficinas, en los organismos públicos y hasta en muchos bares.
Hizo una pausa y continuó mientras le servía su nostálgica y antigua consumición.
- ¿Y qué sería de un borracho sin su cigarrillo?
Dio un sorbo a su bebida y picoteo una de las almendras que le había puesto de aperitivo como si fuera un pajarito o una ardilla desganada.
- ¿Sabe qué le digo? Que todo esto que se hace contra el tabaco es una mascarada. Se gastan millones en campañas contra el tabaco y los jóvenes fuman cada día más, en especial las muchachas. Aunque –y una resignada nostalgia se le dibujó en los labios- ya ninguna sabe fumar como Lauren Bacall.
Apagó su cigarrillo con exquisita delicadeza en el cenicero y añadió tras permanecer un rato pensativo:
- Llevo fumando más de sesenta años y la verdad es que creo que deberían prohibirlo. Tienen razón. Habría que dejar de venderlo y cerrar todos los estancos. Eso sí...
Apuró su bebida y añadió:
- Si los fumadores somos enfermos, en muchos casos irrecuperables, el estado debería seguir dándonos el tabaco gratis como se les da la metadona o la heroína a los drogadictos. Así debería de ser.
Se dirigió hacia la salida con ese paso lento y ceremonioso que sólo dan la vejez y un poquito de artrosis.
-Que lo hagan –me dijo a modo de despedida.
Y antes de cruzar la puerta comentó con una sonrisa desafiante en los ojos:
-Si tienen pelotas.

viernes, 27 de julio de 2007

POBRE DE PEDIR

Era un tipo muy normal. Tenía aspecto de ejecutivo en triunfo y vestía unos trajes no muy elegantes pero perfectamente planchados, como si su mamá le hubiera preparado el vestidito de marinero para la primera comunión. Un día, después de un vermú con unas gotitas de ginebra, nos contó su historia. Una de esas historias que hacen que los bares seamos la memoria del mundo.
- Cuando yo era pequeño teníamos un pobre –decía-. Una vez por semana venía a casa, llamaba a un timbre que había en el portal y yo, que era un niño, me asomaba a la escalera y preguntaba:
- ¿Quién es?.
- Soy el pobre – decía él.
- ¡Mamá, es el pobre! - repetía yo a voz en grito - y tras el preceptivo permiso de mis padres, le dejaba que subiera sin llamar a la Guardia Civil o aporrearle como hubiera sido lo normal en la época.
Yo fingía sacarle brillo a una coctelera, pero le escuchaba con atención.
- Venía con una escudilla y mi madre se la rellenaba con un guiso de lentejas y luego, como con disimulo, le daba cinco pesetas y un churrusco de pan. Cogía lo suyo con una mirada infinitamente triste y bajaba las escaleras para perderse de nuevo en la calle.
Mi cliente le dio un sorbito a su vermú y continuó con voz afligida.
- Aquello marcó mi vida. Tanta miseria le dio a mi existencia un objetivo. Supe que cuando fuera mayor dedicaría mi vida a una sola causa.
Los barman no podemos mostrar nuestros sentimientos en público, pero he de reconocer que la historia me había conmovido. Le serví un nuevo vermú con unas gotitas de mi mejor ginebra. Y él repitió.
- Supe que cuando fuera mayor dedicaría mi vida a una sola causa.
Se atizó el cóctel de un lingotazo, y mirando orgulloso al auditorio y recolocándose la chaqueta dijo con una sonrisa podrida:
- ¡Cuando fuera mayor tendría mi propio pobre!

martes, 24 de julio de 2007

ELOGIO DE LO SUPERFICIAL

Era elegante, atractiva y parecía muy ocupada. Nada más entrar pidió un agua mineral sin gas de una marca exótica y francesa, dio un sorbo y se puso a hablar por el móvil, convirtiendo el bar en una inmensa y pública cabina de teléfonos, llena de oídos atentos.
-¿Maripau? Sí, ¿cómo estás?. Yo agobiadísima. Ya sabes cómo es el trabajo en la agencia.
Hizo una pausa para beber un sorbo de agua que paliara la incipiente ronqueara que horas de aire acondicionado le habían causado y continuó:
- ¿Quedar dices? Déjame que mire la agenda. A ver. Igual la semana que viene tengo un hueco. No, el martes no que tengo cita en el gimnasio con mi entrenador personal. Ya sabes lo importante que es para mi la salud.
Siguió hablando, sujetando el teléfono con el hombro, mientras se repasaba el carmín de los labios con un dedo que untaba delicadamente en un pequeño botecillo redondo.
- ¿El viernes? Imposible. Tengo “punto oriental” y luego “ciencias de la sofronización”. Ya sabes, está muy de moda.
Se sirvió un poco más de agua en la copa y con un estudiado gesto de melena reanudó su charla.
- ¿Hoy? ¿Quedar hoy dices?. No, hoy no puedo. Sí ya sé que tenemos que discutir el proyecto de Italia pero hoy no puede ser. No, hoy no tengo catequesis, eso es lo miércoles. Hoy tengo introducción al satanismo. Me estoy sacando el título de misas negras. Mira mejor te llamo mañana y ya quedamos. Un beso, cariño. Adiós.
Colgó, pidió una copa de coñac, encendió un cigarro y ya para ella murmuró:
- Lo que tiene que hacer una para irse a leer un rato tranquila a la biblioteca. Apuró su copa de un trago. Recuperó esa ronquera que la hacia tan interesante, se puso las gafas, pagó y se marchó dejando en el aire una estela de humo de tabaco negro que llenó el bar con fragancias de esperanza.

domingo, 22 de julio de 2007

LA MADUREZ

Llevaba un elegante traje azul de lana fría y sabía llevarlo con naturalidad, como si aquella prenda fuera la ropa más cómoda del mundo. Tenía unos cincuenta y tantos, el pelo cano y una llamativa distinción que hacía que las mujeres se fijaran en él cuando entraba en el bar.
Pidió un Rioja y tras paladearlo con aires de gourmet comenzó a hablar.
- Una mujer madura es como un buen mueble de caoba, cuantas más caricias ha recibido más bello está. El amor en sus brazos es como paladear el sonido perfecto de un Stradivarius.
No hablaba para nadie. Hablaba para sí, como si el vino le hubiera despertado una atávica nostalgia, y la madurez le fuera revelando el pequeño misterio del paso del tiempo.
- Tardas en darte cuenta pero cuando lo descubres sabes que sólo en esos brazos experimentados, pero aún tan tiernos, puedes encontrar ese amor dulce y delicado que en el fondo todos buscamos.
Y hablaba y hablaba y alguna de las mujeres que le estaban escuchando empezaron a mirarle con ojos sonrientes y coquetos. El tipo sabía estar, sabía beber y sabía hablar.
- La edad en una mujer es un premio oculto para los pacientes, para los que saben esperar silenciosamente a que el vino mejore en la bodega, hasta que lo que fue una simple bebida se transforme en un lujo.
No había duda. Tenía labia. Este no va a irse solo, pensé para mí, y no tardé mucho en descubrir mis inesperadas dotes de adivino.
Se abrió la puerta como con un campanilleo y entró ella, dirigiéndose sonriente hacia él. Debía tener unos veinte años, y por la forma en que le besó no debía ser precisamente su hija. Él miró a su alrededor ruborizado, y como si intentara justificar su contradicción añadió:
- Apruebo el teórico, pero el práctico siempre lo suspendo.
Y con una sonrisa de entrega se perdió por la puerta rendido al inquietante abrazo de Lolita.

jueves, 19 de julio de 2007

UNA DE PIRATAS

Nunca le había visto por el bar, pero entró y se acomodó en la barra con el aplomo de quien ha pasado muchas horas en un club privado londinense. Era un británico elegante de esos que han vivido muchos años en España y hablan un castellano correcto pero con extravagantes inflexiones de voz, como si aún estuvieran en el puente de mando de un antiguo barco del imperio.
- No hay sonido más hermoso que el de un tapón saliendo de una botella.
Bebía oloroso seco. Le serví su copa y la estudió al trasluz .
- El Jerez es la mejor bebida del mundo. No en vano Shakespeare, en su obra “Enrique IV”, puso en boca de uno de sus personajes: “Si mil hijos tuviera, el primer principio humano que les enseñaría sería abjurar de toda bebida insípida y dedicarse al Jerez”.
- Los marinos ingleses siempre hemos sido unos piratas borrachines, eso sí, muy elegantemente vestidos –dijo mientras me pedía que le sirviera otro oloroso-. Por eso no es de extrañar que el famoso corsario Francis Drake asolara las costas gaditanas, llegando a apoderarse en 1587 de 3.000 pipas de vino jerezano en el puerto de Cádiz, decididos él y su tripulación a matar o a morir por el tesoro líquido que aquellas tierras escondían. O que en 1596 el mismísimo conde de Essex saqueara el sur en busca del mismo elixir.
Y así, copa tras copa, fue desgranando todos sus conocimientos acerca de los vinos de Jerez. Era un pozo de erudición alcohólica. Yo le escuchaba con interés, pero la entrada de nuevos clientes me hizo concentrarme en la elaboración de otros combinados. En un momento fui a la cocina a recoger un par de limones imprescindibles para un cóctel de ron y, cuando regresé, vi que ya no estaba. Sólo quedaba un catavinos vacío. Hasta se había llevado las almendras que acababa de ponerle en un platillo. Y el platillo. Se marchó sin pagar, sigiloso y discreto. Triunfante y borracho como un maldito pirata inglés.

lunes, 16 de julio de 2007

LA MÁSCARA DEL CARNICERO

Era nuevo en el bar pero su presencia llamaba la atención. Aunque era un estadounidense discreto, sereno y amable que bebía Jack Daniel´s en silencio mirándose las manos como si buscara en ellas alguna respuesta, a partir de la segunda copa todo cambiaba en él. El gesto se le mudaba como si un cuervo le hubiera aleteado en el estómago. Encendía un cigarrillo y se enzarzaba en un monólogo extraño.
Aunque ahora trabajaba para una multinacional, había estado mucho tiempo en la guerra de Vietnam y, como si la bebida fuera su personal y cuántico viaje en el tiempo, acaba volviendo allí una y otra vez. Entre su español con acento de Arkansas y la bruma que el alcohol ponía en su voz, la barra, de repente, olía a jungla y a arrozales. Olía a napalm.
- Fue una guerra podrida –decía con voz quebrada-. Fue un error como todas las guerras perdidas, y yo no puedo quitarme de la cabeza el recuerdo de las caras de todos esos hombres, mujeres y niños que murieron por mi culpa.
Hacía una pausa y continuaba.
- Un horror de vísceras y lamentos. Gritos y cuerpos destrozados. Sus fantasmas se me aparecen todas las noches y sólo la bebida hace que sus rostros se borren. Sólo así puedo dormir.
Apuraba su copa y volvía a mirarse las manos como si buscara en ellas rastros de sangre. Pedía que le sirviera una nueva consumición y yo lo hacía con gesto imperturbable pero sabiendo que aquella noche me costaría conciliar el sueño.
Finalmente otro cliente, carcomido por la curiosidad, no pudo más y le preguntó:
- ¿Qué hacía en Vietnam? ¿Era marine, piloto de combate, boina verde...?
El americano dejó por un momento de mirarse a las manos y clavó los ojos en los ojos de su interlocutor.
-No – le contestó- Yo era médico.
Y tras una pausa, con la voz entrecortada de lágrimas, añadió:
- Pero muy torpe.

viernes, 13 de julio de 2007

CERRADO POR DERRIBO

Parecía un hombre tranquilo, pero el hecho de que siempre me pidiera uno de esos licores de chocolate con hielo debió haberme hecho sospechar. Un día le contó su historia a la barra.
- Soy un poco maniático –dijo con una sonrisilla nerviosa- Bueno, lo típico. Eso que te metes en la cama y te levantas a revisar si has cerrado bien la puerta blindada, y te quedas mirándola fijamente repitiendo “está cerrada, está cerrada” para convencerte, y cuando lo consigues y vas camino del dormitorio te acuerdas del gas, y aunque sabes que has cerrado la llave de paso vuelves a comprobarlo, y la abres y la cierras siete veces, y cuando vas camino de la cama te dices “con tanto abrir y cerrar ¿la habré dejado cerrada?” y vuelves, y ya de paso revisas otra vez la puerta, para asegurarte.
Dió un sorbo a su empalagosa bebida y continuó.
- Y ya una vez en la cama con el libro abierto, recuerdas que el ordenador se recalienta si no lo apagas y te levantas un segundo a verlo, y ya, claro, miras el gas y compruebas la puerta y cierras la llave de paso del agua por si hay un escape, y te vuelves a la cama y miras debajo, es una tontería, pero se queda uno mucho más tranquilo cuando ves que no hay nada, pero al pensar en la cama ya no estás seguro de haber cerrado bien la puerta y dices, bueno, la última vez, y te levantas y miras la puerta y repasas el gas y compruebas el ordenador y abres un grifo para ver si la llave de paso está cerrada y te dices “igual han cortado el agua y el grifo está abierto” y abres la llave de paso para comprobar que sale agua y, después de hacerlo cierras el grifo y luego cierras la llave, y claro, compruebas la puerta, que abres y cierras, miras el gas, controlas el ordenador y te metes en la cama, apagando la luz después de mirar bajo la cama, y ya a oscuras te preguntas: “¿habré apagado la luz del pasillo?”.
Él continuó hablando pero yo dejé de hacerle caso. Y aunque intenté olvidar sus palabras, confieso que esa noche sentí miedo al llegar a casa.

jueves, 12 de julio de 2007

PERRO COME PERRO

- Bueno yo, ya sabes, sigo en la revista llevando lo de Cultura. ¿Y tú qué tal?
Eran periodistas y se conocían desde que coincidieron en la facultad. No se veían muy a menudo pero seguían conservando una de esas amistades lejanas y frías que son a la amistad lo que la merluza a las varitas ultracongeladas. Los dos bebían whisky.
- Yo ahora soy corresponsal de un periódico pequeño.
- Qué emocionante, te pasarás todo el día de avión en avión.
- No exactamente. Es un periódico modesto y con poco presupuesto. En realidad tengo un bono-tren y me tienen todo el tiempo recorriendo países. Si da la casualidad que ocurre algo en el que estoy, envío una crónica. Y si no aprovecho para dormir porque no hay dinero para hoteles.
Su antiguo compañero le miró con una cierta lástima y, más por animarle que por otra cosa, continuó.
- Pero bueno, es un trabajo excitante que te llenará de adrenalina porque puede ser peligroso.
Acabó su copa, me pidió otra con un gesto y respondió.
- La última vez que estuve en la redacción pedí que me compraran un chaleco antibalas, pero el director me dijo que era muy caro. Que me pusiera un par de jerséis gordos de lana que era casi lo mismo.
- Pero ¿y esa emoción de mandar por ordenador una crónica escrita en el fragor de la noticia?
- No tengo ordenador –contestó lacónico su amigo- Dicto lo que escribo por teléfono.
- Claro, un teléfono de esos vía satélite de última generación.
- No. Cuando paso por el periódico me dan un saquito con monedas y llamo desde alguna cabina que encuentre.
Apuró su copa de un trago y continuó.
- Por cierto, se me hace tarde. ¿Qué le debo? –dijo dirigiéndose a mí.
- Deja, deja –se apresuró a atajar su amigo- Ya pago yo. Se despidieron y le vi alejarse hacia la salida con un paso marchito y ceniciento. Como tantas otras veces. Siempre contaba la misma historia y siempre le salían las copas gratis. Era un periodista. De raza.

miércoles, 11 de julio de 2007

EL JUGADOR

Era jugador profesional. Había jugado en todos lados. En partidas privadas desde Londres a Hong-Kong. En el campeonato de póquer de las Vegas. Le conocían los encargados de sala en Estoril, había estado a punto de hacer saltar la banca en Montecarlo y en el casino de Madrid le llamaban por su nombre. Aseguraban quienes le conocían que era capaz de memorizar todas las cartas que iban saliendo del mazo en una partida de black-jack. Al menos eso contaban. Y viéndole, nadie lo ponía en duda. Tenía dedos finos y una mirada de caimán que parecía leerte los más oscuros y profundos pensamientos. Me pedía siempre un café descafeinado que yo le servía con leche templada. Sólo se ponía medio azucarillo, ya que aseguraba que el azúcar y el alcohol producen una euforia fatal en una partida, y él jamás perdía la compostura. En el bar le respetaban porque sabían que aquel hombre conocía los oscuros caminos por los que transcurre el azar, como si fuera un sacerdote negro de los designios del juego. Pero aquel día sucedió algo imprevisto. Llegó el repartidor de cerveza, que le conoce porque hace tiempo que sus horarios coinciden, y le lanzó un sonriente envite:
-Qué, don Julián, ¿nos jugamos una caña a los chinos?.
Un silencio profundo se instaló en la sala, como en las antiguas películas cuando el pistolero de guantes negros cruzaba las puertas batientes del salón y se enfrentaba al sheriff que bebía zarzaparrilla en la barra. Toda la clientela miró expectante al maestro. Él no movió un solo músculo de la cara. Introdujo la mano en el bolsillo del pantalón e iba a sacar la mano con sus monedas, cuando el repartidor le dijo:
-Tres con las que saques.
Miró a su oponente a los ojos y en la mirada risueña del repartidor, que extendía su mano grande y peluda, vio el abismo. Supo que llevara las monedas que llevara en la mano, había perdido. Era el fin de la leyenda del jugador. Y por primera vez en su vida le tembló el pulso antes de decir “dos”. Y perder.

lunes, 9 de julio de 2007

EL OTRO ESPEJO DEL ALMA

-Aunque no lo reconozcan jamás los científicos escépticos, la “culomancia” es una ciencia exacta –dijo tras un sorbo al ron añejo que había pedido- Un estudioso, cual es mi caso, de esta legendaria ciencia, es capaz de saber cómo es una mujer con sólo estudiar detenidamente la forma de su culo.
La clientela masculina empezó a prestarle atención, aunque él hablaba hacia el vacío, como si su vaso, con el destilado cubano de caña que yo le había servido rociado con la esencia de una cáscara de limón, fuera una grabadora capaz de inmortalizar sus palabras.
-Hay culos de mujeres solitarias que necesitan palabras de consuelo. Culitos respingones y alborozados de mujeres que necesitan que las hagas reír. Culos de pera propensos a la melancolía que esperan frases románticas. Hay culos juveniles que buscan seguridad y experiencias. Culos de mujer desesperada que demandan el consuelo de unas rodillas que le aporten unos instantes de ternura y reposo. Hay culos imposibles que desafían las leyes de la gravedad y suelen darse en mujeres faltas de atención. Culos acogedores y familiares, como un portal de Belén, en mujeres con alma de rey mago. El culo agresivo y huidizo de la que se siente fea. El culo procaz de la tímida. El culo lejano de la bella.
Dio un nuevo sorbo a su ron y añadió con tristeza.
-Y el culo de ella. El culo de aquella mujer soñada que nunca acudió a la cita.
Una mujer bellísima, entrada en unos cuarenta años de escándalo, que suele venir algunas noches a hacerle silenciosas confidencias a su copa, no pudo más y se encaró con él.Le llamó machista y le recriminó sus palabras. Él la escucho atento y sin perder la compostura. Y hablaron y hablaron acercando sus bebidas. Tiempo después abandonaban el bar juntos. Ella le enlazaba con el brazo la cintura. Él también, pero su mano se depositaba cariñosa y juguetona un poco más abajo.

domingo, 8 de julio de 2007

LA LEYENDA DEL CAZADOR

Tenía las manitas finas y frías y dedos húmedos como limacos. Vestía siempre con un abrigo verde. Era mayor y lucía un bigotillo fino y blanco sobre el labio. Era un hombre aún de otros tiempos. Entraba en el bar a la hora del aperitivo con una elegancia añeja y un tanto cenicienta.
-Una ginebra – pedía invariablemente. Y la bebía a sorbos cortos y ruines, como si temiera que se le fuera a acabar demasiado pronto.
Era cazador. Llevaba años matando animales. Era un gran cazador. Lo contaba en voz alta y orgullosa y exhibía las fotos que llevaba en su cartera con el retrato de sus víctimas: pisando la cabeza de un muflón, con el rifle sobre el cadáver de un ciervo o sujetando la cornamenta de un gamo.
A veces se quedaba en silencio repasando con una mirada húmeda de nostalgia sus fotografías. Me hacía una seña, como de quien aprieta el gatillo, señalando la copa vacía y yo le servía otra copa de ginebra. Volvía a animarse y narraba su última hazaña cinegética, en un reciente viaje a Rusia, cuando a través de la mira telescópica de su rifle vio entrar la bala por el costado de un oso cuya piel tiene ahora como alfombra en su casa.
-Los ciervos mueren con lágrimas en los ojos –comentaba didáctico con los ojos perdidos en el fondo de su bebida. Yo le miraba al trasluz de la copa a la que sacaba brillo, y no tenía nada que decirle. Al acabar pagaba, volvía a meter las fotos en la cartera, recogía la calderilla del cambio con maniática eficiencia y se iba sin dejar propina. Los clientes y yo le veíamos salir con un cierto distanciamiento como quien ve marcharse a un verdugo. Era el hombre más triste del mundo. Todos lo sabíamos. Era el hombre que mató a una cierva. Era el hombre que mató a la madre de Bambi.

MUJER FATAL



Fumaba mentolado y bebía martinis de vodka. Tenía ese beber elegante y discreto que agradecemos tanto los que estamos al otro lado de la barra. Bebía y fumaba, y entre la copa y el humo creaba cada día una película triste. En sus ojos de mujer se entreveía ese abismo en los que todos los hombres hemos soñado despeñarnos algún día.
- Mi jefe es cada día más exigente. Nos lo exige todo. Nos lo pide todo. Es como estar casada con dios.
Y hablaba y hablaba y el bar parecía estar hecho sólo para ella. Tenía mundo, estilo y ese aire de infinita tristeza de quien lo ha vivido todo. Yo la escuchaba como lejano y ausente, con esa distancia que se nos exige a los profesionales.
- Todas las mañanas te levantas con esa sensación de tener el corazón frío –decía hablándole al cenicero- Te tomas la primera copa, te metes la primera raya y fumas el primer cigarrillo. El trabajo no puede esperar. Te estás matando para conseguir que tu empresa sea la mejor del mundo, y tienes la sensación de que hagas lo que hagas tu jefe está siempre allí vigilándote y sabiendo lo que haces en cada momento.
Yo le vaciaba el cenicero y asentía silencioso con la cabeza. Ella venía muy temprano por las mañanas y su aire de infinita tristeza dejaba ya para el resto del día un poso de humo y melancolía en el bar que dejaba en ridículo al resto de los borrachos. Los pocos y ocasionales clientes que venían a esas horas la miraban de reojo fascinados y en silencio.Pidió la cuenta. Pagó como si pagara su alma al diablo, se levantó y se dirigió a la puerta con un elegante revoloteo de su hábito negro. Qué mujer. Había que reconocer que para ser una monja no estaba nada mal.